MartÍn Ruipérez Sánchez (1923-2015)

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La familia de los Sánchez

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Atenea pensativa, relieve en mármol de artista ático del siglo V a.C. Museo de la Acrópolis. Atenas

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Hace ya unos cuantos años mi padre me confió una serie de escritos movido por un deseo de transmitir sus vivencias y llevado por la ilusión de utilizar su primer ordenador portátil de la Fundación Pastor de la que era entonces su presidente. No todo lo que tengo saldrá a la luz por respeto a su memoria. Pero sí todo aquello que considero puede interesar a un mayor número de personas y discípulos.

En los párrafos siguientes que transcribo, mi padre narra la vida en el pueblo, el origen del negocio de librería-papelería en la familia de los Sánchez y otros muchos recuerdos y anécdotas.

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“Mi padre, Germán Sánchez Almeida, nacido en Peñaranda el 11 de octubre de 1885, era hijo de Martín Sánchez Hernández y de Inocencia Almeida Pacheco (“Chencha”) y hermano de Juana y Bernardina. Los abuelos vivían en una casa propia en los soportales de entre las dos plazas. La planta baja y el sótano estaban ocupados por una pequeña librería-papelería, por la que había que pasar para subir a las dos plantas de la vivienda, así que por las noches se montaban en el mostrador unos tableros verticales corredizos que cerraban el comercio.

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Martín Sánchez Hernández

La tradición librera familiar se remontaba a mediados del siglo XIX, cuando el padre de mi abuelo, o sea mi bisabuelo, Bernardino Sánchez, tenía una librería-papelería y una imprenta, en la que se imprimió, desde 1857, el periódico semanal La Voz de Peñaranda. A su fallecimiento, la librería-papelería pasó a mi abuelo Martín (foto 1) y la imprenta, que estaba en la calle Caños, a su hermano Bibiano, al que conocí, pues murió en 1930.

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Germán Sánchez Almeida

Por la insignificancia de la librería de mi abuelo, mi padre había buscado trabajo como dependiente en una mercería. Era el comercio del señor “Elute”, Eleuterio Rodríguez, en los soportales de la plaza de Abajo que miran al norte. Mi abuelo Martín falleció en 1915. Así que mi padre tuvo que dejar la mercería y hacerse cargo de la pobre librería. Según le he oído contar a él mismo, el inventario de existencias en ese momento arrojaba un total que no llegaba a las mil pesetas. Parece ser que mi abuelo, que murió de la gota, no se había dedicado especialmente al negocio, sino más bien a la cosa pública: fue concejal y, en cierta ocasión, entró en un consorcio que, a comienzos de siglo, construyó la Plaza de Toros (con lo que las corridas dejaron de celebrarse en las dos plazas del pueblo).

El ex-dependiente de mercería tuvo que encargarse de la librería y hacer frente al sostenimiento de una familia de cuatro personas: su madre, sus dos hermanas y él mismo. Es evidente que trabajó duro, pues logró salir adelante con la obligación contraída e incluso dar carrera de maestra a su hermana Bernardina. Recuerdo perfectamente cómo a mi abuela se le saltaban las lágrimas cuando comentaba con alguna amiga las bondades de su hijo Germán.

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Germán Sánchez Almeida

Mi padre, pagando una pequeña cuota como hijo de viuda, se libró del servicio militar. Sólo fue movilizado, por un par de meses, con motivo de la huelga general revolucionaria de 1917, en que estuvo de cartero en Madrid, llevando cartas a madres y novias, que le obligaban a entrar en casa y agasajaban al soldadito con una copa y unas pastas.

De 1915 data el comienzo de las relaciones con la que sería su esposa y madre del que esto escribe. Encarnación Ruipérez Cristóbal, con veintiún años, era hija de una trabajadora y prestigiosa, aunque modesta, familia peñarandina. Encarna había terminado la carrera de Magisterio en la Escuela Normal de Salamanca y tendría que esperar a 1917 para poder presentarse a unas oposiciones, que ganó para marchar destinada, primero a Casillas de Flores, cerca de la raya de Portugal, donde la sorprendió la gripe del año 18, luego a Béjar y, finalmente, a Peñaranda en 1921, que es cuando se casó el 5 de agosto.

En la Peñaranda de esa época, el concurridísimo mercado de los jueves –llegaban gentes de cerca de Piedrahita, de más allá de San Pedro del Arroyo, de Cantalapiedra, de cerca de Alba de Tormes y, por la parte de Salamanca, de cerca de Encinas de Abajo– daba vida a un comercio próspero y variado. Las tiendas estaban abiertas el día entero, incluso los domingos, (así hasta 1930, en que un inspector de trabajo obligó a la jornada partida de ocho horas y al cierre dominical). Los dependientes llevaban la comida a la tienda en que trabajaban en una especie de fiambreras llamadas horteras. Dos prestigiosos maestros de comienzo de siglo, los hermanos don Eugenio y don Elías Arias Camisón, y, algo más tarde, don Severiano Montero, enfocaron su enseñanza en función del futuro de dependientes de comercio que esperaba a la mayoría de los alumnos: buena letra y buena ortografía, muchas cuentas, para llegar a plantear y resolver reglas de tres y cálculo de porcentajes, intereses y descuentos, bastante de geografía y algo de cultura general. El hecho es que de Peñaranda -que se mantuvo muchos años estacionada en poco más de cuatro mil habitante- emigró mucha gente joven para trabajar en comercios de San Sebastián, Oviedo, Vigo y otras ciudades del norte y que su éxito les llevó en muchos casos a establecerse por su cuenta. Eran los tiempos del regateo y del vender fiado, que no terminaron a pesar de aquellos letreros de “Precio fijo” (como el del comercio de tejidos de Manuel Dueñas) y de “Hoy no se fía, mañana sí”. Algunos comercios de tejidos anunciaban pomposamente en sus rótulos aquello de “Paños del reino y del extranjero”, o bien “Tejidos y novedades”. Un carnicero, “”El Guindo”, en los soportales entre la calle de la Luz y la plaza de la Fuente), para no quedarse atrás, proclamaba en el letrero pintado sobre su fachada: “José Gutierrez. Carnecería. La elegancia en carnes frescas”.

1-Escuela de Peñaranda Año 1905 Fiesta del arbolMi padre cuidaba especialmente a los maestros, a los secretarios de ayuntamientos y a los estanqueros. Los maestros habían dejado de depender de los municipios, pasando a ser funcionarios del Estado, habían adquirido más desahogo económico y, como consecuencia, más rango social, gracias a la ley de Romanones, ministro de Instrucción Pública, de 1903. Ya no se podía utilizar como término de comparación aquello de “tiene más hambre que un maestro de escuela”. Para ellos mi padre tenía un extenso surtido de enciclopedias (de Dalmau Carles, de Porcel y Riera, más tarde de Santiago Rodríguez, de Burgos) y otros libros escolares (el catón Rayas en sus tres grados, Juanito de Paravicini, Flora, La buena Juanita, Corazón de Amicis) y de material (pizarras, pizarrines, papel pautado de dos rayas, tiza, tinta en polvo, palilleros, plumas de acero para mojar en tintero). Con sus ajustadas consignaciones de material, los maestros podían facilitar -y luego recoger- cada día los libros, pizarras, pizarrines, cuadernos que se utilizaban para la clase. La distribución y la recogida eran encomendadas, como un alto honor y muestra de confianza, a los alumnos más aplicados. Es decir, la enseñanza era auténticamente gratuita. Y, además, todo el trabajo se realizaba en la escuela: yo no recuerdo, y me refiero a mis años de primaria, de 1927 a 1933, haber tenido que realizar en casa tareas de ningún tipo. Pues bien, de esos maestros, unos -los del propio pueblo- hacían tertulia en la librería de mi padre, otros -los que venían de otros pueblos- acudían a la librería como lugar obligado de visita, aunque no tuvieran que  comprar nada. Eran como de la familia: me acuerdo de don Agapito y don Argimiro, de Alaraz; de don José, de Santiago; de don Dionisio, de Ventosa; de doña Pura, de Cantaracillo; de don Segundo, de Salmoral. A todos se les fiaba y casi todos pagaban cuando les llegaba el dinero para material. La relación se hizo aún más estrecha cuando mi padre consiguió ser el habilitado del Magisterio para el partido judicial de Peñaranda, por delegación del habilitado provincial. La confianza con mi padre se traducía en que algunos pedían, anticipados unos días, sus haberes de fin de mes, que es cuando llegaban los fondos de Salamanca a la Caja de Ahorros.

Para los secretarios de Ayuntamiento mi padre disponía, no solo de material de oficina, sino de un surtido completísimo de impresos para toda la mecánica administrativa municipal (libramientos, cargaremes, presupuestos, etc.). También recuerdo, como de familia, a muchos de ellos: a don Andrés, el de Cantaracillo, que había sido cura; a don Domitilo, el de Rágama, con enormes bigotes a la kaiser, que viajaba enfundado en un guardapolvos para proteger su traje y al que mi padre reprendía porque se enviciaba en el juego en el Café de la Amistad; a don Ramón, el de Aldeaseca de la Frontera, que daba generosas propinas; a don Justo, el de Mancera de Abajo; a don Restituto, el de Alaraz, que llegó, cuando la guerra, a un valiente grado de intimidad.

Los estanqueros se surtían del pequeño material de papelería que vendían en los estancos y, sobre todo, de mecha gruesa para encendedores a prueba de viento y de papel de fumar, del que cada mes se recibían de Alcoy remesas de las marcas Bambú, Abadie, Jean, Smoking.

El campo del negocio incluía la venta de periódicos de Madrid: los de la tarde, que llegaban a la mañana siguiente por el coche de línea de Medina del Campo, como La Voz, El Heraldo de Madrid, más tarde Ya; los de la mañana, que, cuando, desde 1924, hubo tren de Ávila, llegaban a mediodía, como ABC, El Sol (con un ejemplar gratuito para mi tío Francisco Ruipérez, que era su corresponsal), El Liberal, Ahora, aparte de los tebeos y de las revistas semanales como Blanco y Negro, Estampa, Crónica, que había la ocasión de hojear antes de que se vendieran. Para la venta callejera de prensa, mi padre contrató los servicios de Genoveva, la “Cocola”, viuda y madre de los “Cocolos”. Cuando en 1935, por envidiosas gestiones de otro peñarandino, le retiraron la corresponsalía de ABC, monárquico y de derechas, mi padre se vengó promocionando la venta del El Liberal y enviando a la administración de ABC la etiqueta justificativa de que en jueves de mercado se vendían más de doscientos ejemplares del periódico republicano azañista.

También se vendían rosarios e imágenes religiosas de Olot. Y, pocos años antes de la guerra civil, máquinas de escribir portátiles Underwood, por seiscientas veinticinco pesetas.

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Encarnación (centro segunda fila de arriba) rodeada de sus alumnas. A la derecha, Juana Sanchez Almeida con Martín, primer hijo de Encarnación, en brazos

Desde muy pronto mi padre regentó, en la misma librería, la administración de lotería, por acuerdo con la propietaria, una viuda rica, doña María Gómez, que por su estado había obtenido la concesión y disfrutó de ella hasta su fallecimiento en 1935, año en que mi padre logró ser nombrado administrador.

En el comercio de mi padre se recibían encargos de pequeños trabajos de imprenta, que encomendaba a la de su tío Bibiano, hasta 1931 en que, fallecido éste y fracasado un intento de salvar esa imprenta y el periódico -intento que contó con la romántica ayuda del marqués de Ivanrey-, mi padre puso sus propios y modestos talleres -una minerva de pedal y una guillotina con volante movido a mano- a primeros de 1931 en un reducido local de la calle la Luz Nueva. En 1932 mi padre se hizo cargo del periódico y del personal de la imprenta.

Que mi madre ejerciese de maestra significaba una aportación sustancial a la economía del matrimonio, lo que permitía a mi padre ayudar más fácilmente a su madre y a sus hermanas. De todo era consciente mi abuela “Chencha”, que siempre habló muy bien de mi madre, su nuera. Lo que ganaba eran exactamente 3.000 pesetas al año, hasta 1931, en que, recién instaurada la República y siendo Marcelino Domingo ministro de Instrucción Pública del Gobierno Provisional, la subida de sueldo, que para mi madre alcanzó ya las 4.000 pesetas, como reconocimiento a la importancia de la labor educativa encomendada a los maestros, provocó una marea de simpatías republicanas en el Magisterio.

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Nací el 11 de abril de 1923 en la primera casa en que vivieron mis padres, en la calle de Nuestra Señora, esquina con la calle Rebolla. Poco después, mi madre fue encargada de la escuela de niñas que había en el piso de arriba del edificio del Colegio de San Miguel, la cual incluía vivienda para la maestra, con lo que allí se trasladó el matrimonio. Para entrar en la escuela, con tres balcones que daban a la plaza de Arriba, las niñas habían de pasar por el vestíbulo de la vivienda, lo que ciertamente era una incomodidad, sobradamente compensada por la ventaja de poder atender a la escuela sin desatender la casa. 1-fotos antiguas ruiperez (17) RET familiaAllí nacieron los cuatro hermanos que me siguieron –Celia, Germán, Jesús y Rosi- y allí hubo sitio, en 1929, con motivo de unas maniobras militares que sealizaron en Peñaranda, para dar alojamiento a un teniente de artillería.

De momento yo, de poco más de un año de edad, no viví en esa casa, porque mi abuela paterna, “Chencha”, queriendo ayudar a mi madre, que esperaba ya su segundo hijo -Celia, nacida en octubre de 1924- y que tenía que atender a la escuela, me llevó a vivir con ella y mi tía Juana a la casa de encima de la librería. Allí pasé, pues, mi infancia hasta los ocho años, en contacto permanente con la librería, curioseando tebeos, cuentos y revistas, dando a las teclas de la máquina de escribir “Orga Privat” y escuchando las tertulias de los maestros que acudían ahora fija a comentar las noticias de cada día. Mi abuela falleció el 29 de septiembre de 1931, con lo que mi tía Juana y yo fuimos a vivir con mis padres a la casa de la escuela, ciertamente apretada para tantos, hasta que en el verano de 1932 nos mudamos a la casa de la plaza que mis padres habían comprado a Emilio González Igea, alias “Cabezota”, por 35.000 pesetas (con ayuda de mi abuelo materno) y en cuya planta baja estaba el bazar de Sinforoso Sánchez.

Muerta mi abuela “Chencha” en 1931, me integré a la casa de mis padres”.

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Aquí finalizo la transcripción literal de este escrito que mi padre me confió.  A continuación extraigo algunas frases o párrafos suyos para completar la cronología de su vida contada por él mismo. El período desde julio de 1936 a agosto de 1939 mi padre lo narra en el libro Venturas y desventuras de un niño de la guerra publicado en su primera edición en 1996.

“En agosto de 1939, terminada la guerra civil, mi primo Higinio y yo regresamos de Francia y nos incorporamos a la macrofamilia de mi abuelo con sus dos hijas y diez nietos, tras tres años de ausencia en los que Germán había sido el primogénito de los hijos de Encarna, así como León, “Lonchis”, lo había sido de los de Leo”.

“La prima Asunción, en el primer trimestre de 1940, sustituyó a tía Deme al frente de la casa de Salamanca en que estábamos los estudiantes”.

“En 1942 termino el bachillerato con el número uno, premio extraordinario de Letras en el Examen de Estado de fin de bachillerato. El curso 1942-43 inicio Filosofía y Letras pero apenas piso la Facultad por estar trabajando en la librería Cervantes adquirida en 1943”.

“En 1946 obtengo el premio nacional de fin de carrera de Filosofía y Letras, y en 1949 gano la cátedra de Universidad de Salamanca”.

“A mediados de septiembre de 1961 mi padre tuvo que ser operado en Salamanca de un cáncer intestinal.  Pero a primeros de octubre tuvimos que marchar a Madrid con él, mi madre, Rosi y yo pues requería una nueva intervención. Se realizó el día 11, que era precisamente el de su 66 cumpleaños. Mi padre no soportó el shock quirúrgico y falleció en la noche del 13 al 14 de octubre. Nuestra madre, -deprimida y sin ganas de vivir- falleció  cinco meses más tarde, el 18 de marzo de 1962”.

 

Lomo libro tumba


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